Grito flamenco

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Grito flamenco
Ágreda L.M.
Ágreda L.M.
Lectura estimada: 2 min.

Llega Caprichos al Teatro Calderón de Valladolid de la mano del bailaor y coreógrafo Javier Barón, uno de los "referentes" del baile flamenco masculino de la actualidad. Una pieza, "dice" el programa inspirado en la colección homónima de grabados del pintor Francisco de Goya. Cuenta con la bailaora invitada, Rosario Toledo, como protagonista y participe en la coreografía de la pieza.

Pase, siéntense y disfrute... si puede. Las exageraciones siempre han formado parte del flamenco. Pero en estos tiempos de desinformación ya se pasan de la raya. "Festín flamenco, el empaque marida con el humor, la maestría se enreda con el delirio, rabiosamente contemporánea, creatividad inquieta, el 'cante sabio' de Antonio Campos, uno de esos instantes irrepetibles en los que el público podrá disfrutar de la confluencia del talento y el genio de distintos creadores en una misma cita escénica...".

Sabemos que las ballenas, como hacían los humanos desde antes de que pudieran hablar, trasmiten su cultura a las generaciones venideras siguientes a través de sus cantos. Me temo que el cante flamenco actual va a rebatir esta norma. Abre el espectáculo de Caprichos el cante, bueno de cante, poco, mejor se podría decir el grito y no precisamente de Edvard Munch, si no el de Antonio Campos.  

Pero desde cuándo el canto flamenco ha derivado en este grito perpetuo que atrona la sala y remueve las entrañas. ¿Desde cuándo, Dios mío? Viene uno escuchando a Carmen Linares en el coche "para ir calentando" y da gusto oírla sin necesidad de pegar un grito. Ya se le empieza a poner mal el ojo a la yegua al minuto de comenzar Caprichos.

Menos mal que la "patria de su alma" que para uno es el flamenco la tiene bien resguardada. Y a partir del primer minuto empezó la catástrofe. El desenlace desafortunado de Caprichos me duró veinte minutos exactos. Necesitaba urgentemente respirar el aire de la calle, me daba igual si estaba contaminado o no, mejor que estar allí sentado viendo y escuchando eso, cualquier cosa.

Esa especie de revelación que tuve cuando pasaron veinte minutos y tomé conciencia de que todos esos esos adjetivos que había leído en diferentes programas no se correspondían para nada con lo que pasaba en la tablas, que en absoluto se iba a producir esa especie de catarsis que anunciaban por tierra mar y aire los publicistas de Caprichos, que no saldría purificado y al revés, que aquello se estaba convirtiendo en un auténtico sufrimiento, en ese momento de iluminación me levanté de la butaca de forma silenciosa, pidiendo algo de sentido, algo verdadero que no se halle entre los restos de este grito-flamenco que no me gusta, y respiré!

1 comentario

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usuario anonimo 11/27/2024 - 11:08:54 AM
Es admirable la dedicación con la que este supuesto "crítico" se esfuerza por trascender, aunque sea a base de desvaríos cada vez más altisonantes y gratuitos. Por supuesto, no esperábamos otra cosa que un festival de hipérboles cargadas de autoimportancia y ese toque de egolatría que hace que sus "comentarios" (porque llamar crítica a esta sarta de quejas sería un insulto al oficio) importen cada vez menos. Parece que a nuestro "crítico" se le olvidó revisar los antecedentes del elenco al que tan a la ligera se atreve a despachar. Porque Javier Barón, bailaor y coreógrafo, no es precisamente un improvisado; hablamos de un artista galardonado con el Premio Nacional de Danza y con una trayectoria que lo posiciona como un auténtico referente del flamenco masculino contemporáneo. ¿O es que el "crítico" tiene también problemas con los Premios Nacionales? Ni qué decir del cantaor Antonio Campos, cuya carrera se ha tejido junto a nombres que cualquier persona mínimamente informada reconocería como pilares del flamenco: Mario Maya, Enrique Morente, Manuela Carrasco, Pepe Habichuela y José de la Tomasa, por mencionar solo algunos. ¿Qué sabrán ellos de flamenco, verdad? Quizá menos que nuestro "crítico", que desde su butaca parece tener la última palabra sobre lo que es o no es el cante. Ah, y no olvidemos al director musical y guitarrista José Vicente Torres, cuya sensibilidad artística le ha llevado a colaborar con figuras como la gran Carmen Linares, esa misma voz que nuestro comentarista menciona como referencia pero que, aparentemente, no es suficiente respaldo cuando alguien ha decidido mirar el espectáculo con oídos sordos y una predisposición a la queja. La ironía es que lo que el "crítico" califica de exageración en realidad es un espectáculo que rinde homenaje a los "Caprichos" de Goya, un referente indiscutible del arte crítico y provocador, muy lejos del limitado horizonte que parece manejar nuestro comentarista. Y esa referencia cultural que tanto le incomoda no es más que un reflejo del espíritu del flamenco: pasión, intensidad y emoción desbordante, tres cosas que, al parecer, no caben en su esquema estrecho de lo que debería ser este arte. Quizá lo verdadero, para él, sea simplemente la incapacidad de disfrutar de una propuesta contemporánea que va más allá de los clichés a los que parece aferrarse con uñas y dientes. Al final, nos queda claro que la verdadera catástrofe no ocurrió en las tablas del Calderón, sino en el asiento ocupado por un "crítico" que confunde su incapacidad de conectar con el arte con un desahogo necesario para su ego. Y mientras sus palabras se disuelven en su propia irrelevancia, los aplausos seguirán resonando para "Caprichos", un espectáculo que, para quien sí sabe ver y escuchar, es cualquier cosa menos un grito vacío.
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