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El siglo de la soledad

Nueva entrega de 'Mientras el aire es nuestro', la sección de Juan González-Posada, como cada martes en TRIBUNA

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El siglo de la soledad
Juan González-Posada
Juan González-Posada
Lectura estimada: 4 min.

Europa enfrenta un fenómeno inédito en la historia reciente: el tiempo que sus ciudadanos pasan solos ha aumentado de manera sostenida. Factores como el envejecimiento demográfico, la digitalización y las secuelas de la pandemia están reconfigurando las dinámicas sociales y políticas, con implicaciones que trascienden lo individual. Sin embargo, no toda soledad es igual. Existe la soledad elegida, que puede ser fuente de introspección y creatividad, y la soledad impuesta, que conduce al aislamiento y a la vulnerabilidad social. En la actualidad, esta última se ha convertido en un desafío estructural con consecuencias de largo alcance en la cohesión social y el funcionamiento democrático.

Según Eurostat, el porcentaje de hogares unipersonales en la UE ha aumentado del 25 % en 2000 al 35 % en 2023. En países como Suecia y Alemania, más del 40 % de los hogares están compuestos por una sola persona. El informe World Values Survey muestra que los europeos, especialmente los jóvenes, experimentan mayores niveles de aislamiento que en décadas anteriores, con una disminución en la participación en organizaciones comunitarias y la frecuencia de encuentros sociales. La digitalización facilita nuevas formas de conexión, pero también promueve dinámicas de comunicación fragmentadas y superficiales. Estudios de psicología social documentan cómo el uso intensivo de redes sociales se correlaciona con mayores niveles de ansiedad, depresión y desconexión en adolescentes y adultos jóvenes. No obstante, la tecnología, si se utiliza de manera consciente, puede facilitar comunidades virtuales que complementen la interacción presencial.

El filósofo Byung-Chul Han, en "La sociedad del cansancio" (2010), advierte que la soledad no es solo un estado individual, sino una condición estructural de la sociedad neoliberal, donde la hipercompetencia erosiona los lazos comunitarios. La falta de interacción directa debilita habilidades sociales como la empatía y la negociación, lo que puede conducir a un aumento de la intolerancia y la polarización. La profesora Sherry Turkle, en 2013, afirmaba en "The Guardian" que "estábamos perdiendo la esencia humana de estar juntos". En "Defensa de la conversación" (2025), señala que la preferencia por la comunicación digital en detrimento de la presencial altera la forma en que las personas construyen su identidad y perciben la realidad. Cuando la interacción humana se reduce a pantallas y algoritmos, aumenta el riesgo de caer en burbujas informativas y en una desconexión emocional con el mundo real.

Susan Sontag recordaba acertadamente que "la soledad es un estado en el que el alma está presente para sí misma", una afirmación que, en el contexto actual, revela una paradoja: aunque la soledad puede ser fuente de autoconocimiento, su imposición estructural genera más angustia que introspección. Cuando la desconexión se convierte en un fenómeno colectivo, sus consecuencias trascienden lo individual y amenazan la vida pública. Como advirtió Hannah Arendt, "la esencia de la tiranía no es la represión, sino la soledad". Si la sociedad se fragmenta en individuos aislados, sin lazos comunitarios sólidos, el espacio público se debilita y se abre la puerta a discursos políticos autoritarios que explotan la sensación de desamparo y desafección.

El politólogo Yascha Mounk, en "El pueblo contra la democracia" (2018), muestra cómo el aislamiento social alimenta el populismo: las personas solitarias desconfían más de las instituciones y son más vulnerables a discursos polarizadores. Estudios recientes vinculan la soledad y la precariedad con el auge de la extrema derecha en Alemania, Francia e Italia. El populismo trumpista, con su rechazo a las élites y su énfasis en valores tradicionales, ha prosperado en sociedades donde la desafección ha debilitado las estructuras comunitarias.

El European Social Survey (2023) confirma que la digitalización ha aumentado el aislamiento en ciudades con baja interacción comunitaria. Informes de la OCDE advierten que la fragmentación social no solo impulsa el populismo, sino que también debilita la resiliencia democrática al dificultar la cooperación y el diálogo ciudadano. Además, estudios de salud pública muestran que el aislamiento prolongado tiene efectos psicológicos y físicos a largo plazo, incluidos mayores riesgos de enfermedades cardiovasculares y deterioro cognitivo en adultos mayores.

Frente a este panorama, el desarrollo del Estado de bienestar es una de las pocas herramientas capaces de abordar la crisis de la soledad desde una perspectiva estructural. Modelos como los de los países escandinavos han demostrado que un alto nivel de inversión en servicios sociales reduce el aislamiento y fortalece el tejido comunitario. En este sentido, la cooperación entre ciudades europeas es clave para desarrollar estrategias conjuntas en políticas urbanas inclusivas.

Algunos ayuntamientos en Europa han comenzado a reconocer el problema y a implementar estrategias específicas para combatir la soledad. En Heerlen, Países Bajos, y Aarhus, Dinamarca, se han establecido programas dentro del proyecto europeo SIBdeV, que busca mejorar la provisión de servicios públicos mediante bonos de impacto social, con un enfoque especial en la inclusión de personas mayores. Ciudades como Helsinki promueven espacios públicos que fomentan la interacción social. La incorporación de políticas culturales, con nuevos centros culturales y bibliotecas públicas, transforma el paisaje urbano en un espacio de participación activa y sentido de pertenencia.

Combatir la soledad no es solo una cuestión de bienestar individual; es un acto político y un desafío estructural que también define el futuro de las democracias europeas. Si la fragmentación social erosiona el sentido de comunidad, el espacio público y la confianza en las instituciones, la respuesta debe ser ambiciosa: repensar las ciudades como ecosistemas de convivencia donde la cultura, el urbanismo y los servicios públicos actúan como antídotos contra el aislamiento. Las ciudades tienen la responsabilidad de demostrar que la conexión humana sigue siendo el pilar de cualquier sociedad libre y democrática. Ignorar esta crisis significa aceptar la erosión de los valores democráticos, el debilitamiento del tejido social y el avance de discursos políticos que prosperan en la fragmentación y el miedo.

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